
Tres cosas hay en la vida: Salud, dinero y las programaciones didácticas...
Un blog sin ánimo de lucro
Ayer me disponía a entrar mi casa por el garaje tal y como lo vengo haciendo diariamente desde hace siete años, accediendo al mismo por la única calle posible para hacerlo y en la que figura una señal de prohibido el paso “excepto a vados autorizados”. Cuando doblo la esquina me aguarda una patrulla de policía, cuan ave rapiña esperando a su presa, quien me detiene. Baja un agente y, de muy malos modales, me indica:
Poli: “¿No ve usted la señal de prohibido el paso?, lo que debería usted hacer es dar la vuelta entera -indicándome con el dedo- como todo el mundo”.
Yo: “Disculpe, pero creo que se está equivocando. Yo vivo ahí y el único acceso que tengo para entrar a mi garaje es éste. Además, ¿no ha visto usted que bajo la señal de prohibido hay una indicación que pone -excepto vados autorizados-?”.
El agente -que debía ser el primer día que pasaba por allí- comienza a ponerse pálido, pero no por menos que abandonar su tono amenazante y con tintes evidentes de mala educación, va a comprobar la señal y a su regreso me dice:
Poli: “Tiene usted razón. Disculpe y prosiga su marcha”.
Yo: “Acepto sus disculpas, no se preocupe. Pero son 200 €. ¿O acaso me perdonaría usted la multa si soy yo quien no hubiera visto la señal?...”





En un blog como la tortilla de patata donde se pretende combinar la música con el buen humor y toneladas de ironía, además de criticar algunos de los aspectos conceptuales a los que nos tiene acostumbrado este mundo cruel, víctima del rutinario y lucrativo sistema económico del mercado que actúa sin limitaciones y sin piedad en el ser humano de a pie, no podía faltar de ningún modo el siguiente video. Al piano, Marc-André Hamelin. Den por seguro que la melodía les va a sonar, y yo me pregunto,
El Evangelio de San Mateo, en su capítulo dos, versículos del uno al doce, narra el camino que recorrieron “unos magos” hasta Belén para visitar al recién nacido Jesús y ofrecerle obsequios. Y tuvieron que pasar muchos siglos hasta que se les asignasen los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, asumiendo que eran sabios o astrónomos porque siguieron la estela de una estrella en su largo viaje. Por ello, no se ha perdido aún la tradición por parte de quienes son padres, en calidad de reyes magos, de hacer regalos a sus hijos pequeños mientras estos conservan íntegra la ilusión. Reflexionar si han sido buenos, escribir la carta y enviarla, dejar entreabierta la ventana del salón, y colocar las zapatillas al lado del árbol junto a unas pastas para los camellos es síntoma fehaciente de que aún se es niño. Pero como no es de recibo hacer regalos solamente a los pequeños también cae algo para el hijo mayor quien, a su vez, tiene un detalle con los padres, y abuelos. Los tíos también lo tienen con los sobrinos por no quedar mal con sus hermanos, y los sobrinos regalan algo simbólico a sus tíos. Y, como no, a los hermanos y cuñados, quien a su vez leen a toda la familia la “lista” de lo que quieren que le compren al sobrino con el fin de no tener regalos repetidos de sus abuelos, padres y tíos -por parte paterna, ya que no se hablan con la hermana de su madre desde el día que ésta dejó de comprarle el regalo de reyes a las hijas de su primas-.
Qué rico centollo recién traído de las Rías Baixas, con huevo picado en su interior y aliñado con albariño denominación de origen, para celebrar el nacimiento de Jesús en el portal de Belén. Lo celebramos hincándole el diente a cada una de sus pezuñas, la primera, por la Virgen María, una más por el Santo José, y la pinza más gorda por la mula, o mejor por el buey -no al que tenemos pensado hacer un homenaje la última noche del año sino el que postra a la diestra de la mula-. Nos ponernos ciegos comiendo todo tipo de manjares, dulces y "excusas" en forma de colesterol emborrachándonos con champagne junto a la imagen del pobre niño Jesús, nacido en un pesebre, hambriento sin nada que llevarse a la boca.